La única prueba del SPI que acompaña al paciente a casa. Un sensor de movimiento en el tobillo registra durante 7 a 15 días la realidad cotidiana del trastorno: los movimientos nocturnos, la calidad real del sueño y la respuesta al tratamiento.
Permite cuantificar los Movimientos Periódicos de las Piernas tanto en vigilia (PLMW) como durante el sueño (PLMS). En una persona sana no debería haber movimientos nocturnos; en el paciente con SPI persisten a lo largo de toda la noche.
Herramienta fundamental para valorar si un nuevo tratamiento está funcionando o para investigar los casos en que el paciente refiere que la medicación no surte efecto a pesar de estar en dosis elevadas.
En niños, adolescentes y pacientes con deterioro cognitivo, la actigrafía confirma los horarios reales de sueño y vigilia, detecta el retraso de fase y aporta objetividad cuando la anamnesis verbal es difícil.
Para interpretar correctamente los datos del actímetro, el paciente debe rellenar diariamente una agenda o diario de sueño durante todo el período de registro. Esta agenda actúa como el «contexto» que el sensor no puede inferir por sí solo.
El sensor registra cualquier movimiento: temblores, cambios posturales, rascado o simplemente moverse en la cama. Sin la agenda, es imposible saber qué fracción corresponde a MPP reales.
La actigrafía no reemplaza a la polisomnografía. Son herramientas complementarias: la PSG da profundidad en una noche; la actigrafía da amplitud durante semanas.
Su mayor valor está en el seguimiento longitudinal: comparar la actividad nocturna antes y después de un tratamiento, o detectar recaídas en pacientes que estaban bien controlados.
La actigrafía —sensor de movimiento en el tobillo durante 7 a 15 días— permite registrar los movimientos periódicos de piernas en el entorno habitual del paciente, sin la artificialidad del laboratorio de sueño. Es especialmente útil para monitorizar la respuesta al tratamiento a lo largo del tiempo.